06 septiembre 2014

Invocando al Espíritu Santo

En la novela Rey Jesús, de Robert Graves (1895-1985), hay un episodio que tiene lugar en un monasterio esenio del desierto y en el que dos novicios,

Jesús y su primo Juan, se encuentran en una de las chozas del recinto ahondando en los misterios de los nombres de Dios.

De repente, entra el abad y les abronca: sobre el tejado se ha instalado una terrorífica columna de fuego que se pierde en lo alto de los cielos. Los dos muchachos, sin pretenderlo, habían invocado al Espíritu.

El Espíritu Santo es el misterio por antonomasia de las sectas cristianas. En los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles se muestra con distintas manifestaciones: como viento, susurro, fantasma, ungüento, lengua de fuego, aura magnética y, en algunos episodios más, como una paloma. ¿Por qué este último símbolo fue finalmente el ganador?

La explicación nos lleva a adentrarnos en el meollo de la teología oriental.

Es patente el parecido del cristianismo con el hinduismo en lo relativo a la multiplicidad de presencias del Espíritu en el mundo material. Sin ir más lejos, el dios Visnú tiene 10 avatares él solito. Pero lo más chocante es la similitud conceptual y fonética de nuestra Trinidad con el Trimurti, que es la unidad de Brahma, Visnú y Siva. Y ahora viene lo mejor: en el Trikasásana se funden las divinidades Shiva -quien, según el día que tenga, crea o destruye el mundo con su propio pensamiento-, Anu, quien tiene a su cargo la parte más material y Sakti, que viene a ser la argamasa de todo (la partícula de Dios, vamos).

El hinduismo lo explica mediante el concepto Triputi, que justifica la unión de las tres esencias divinas en una sola cosa: el Amor.

Pues bien: en el siglo IV el presbítero Arrio lideraba la corriente herética que negaba la naturaleza divina de Jesús, con lo cual todo el entramado de la Santísima Trinidad se venía abajo. Entonces el emperador Constantino I ordenó al obispo Osio de

Córdoba que organizase el Concilio de Nicea: "Tú al Arrio este me lo vas a poner firmes", vino a decirle. Para tal vez añadir a continuación: "No hemos estado trabajando sobre la Trinidad durante tres largos siglos para esto".

Leyenda o no, tradición pía o maniobra, lo cierto es que se dice que una paloma apareció en el edificio durante el debate. Osio aprovechó entonces la ocasión para transmitir que el ave era el Espíritu Santo que venía a confirmar que, en efecto, Arrio era un cantamañanas que no tenía ni idea del Asunto. Con el paso del tiempo, otra historia se impuso, no obstante, a la relatada: la paloma se habría ido posando sobre los hombros de todos y cada uno de los obispos susurrándoles al oído la verdad sobre el dogma trinitario.

Lo que con seguridad no sabía Osio de Córdoba era que, sin proponérselo, acababa de inventar la imagen de marca. Hoy en día hubiese sido un genio del marketing.

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