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Mostrando entradas de octubre, 2014

Los publicistas infantiles son unos psicópatas

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No consigo imaginarme el organigrama mental de los publicistas especializados en la infancia. La carnaza que ofrecen, a precios escandalosamente clasistas (el cartelito indica que la mayoría de sus productos supera los cinco papeles) lleva la marca de sociólogos pervertidos y retorcidos, de alguien que detesta a los niños pero que no desconoce la riqueza potencial de ese mercado en continua explotación. La sofisticación de la puesta en escena está alcanzando niveles alarmantes. 
Abundan los spots literalmente hediondos, habitados por putones con rebuscada imagen de adultos (pendientes, peinados, gestualidad, entonación e impostura de la voz), muñecas con capacidad para parir muñequitos, imitaciones de punkis con mensaje agresivo, cenicientas constreñidas, amores infantiles condicionados porque el varón le regale un libro a la hembra mientras que la voz en off de un adulto asegura: «Hay momentos en esta vida en los que un hombre tiene que dar todo lo que le pidan», Barbies, superbarbi…

Los paraísos de San Agustín

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Dónde, el pasado? San Agustín lo ha escrito, en líneas que buscan sustrarse al discurrir del tiempo: si el pasado y el futuro son, ¿dónde? Deborah, que ya no es Debie, la cual fue Blondie y, hoy, sólo Señora Harry, nada puede sobre el fantasma en que quedó mutado -arrebatado al tiempo su pasado. Cantará el proximo fin de semana en Madrid. Naturalmente, no iré a verla. Me quedo con el fantasma. 
Siouxie, que fue Banshee -y ni sé ni me importa si continúa siéndolo sigue aullando en una madrugada de Rockola que, en mí, se preserva intacta y que, probablemente, no existió nunca. El presente es estepario. Siempre. Sólo en el recuerdo resultan anhelables los ausentes. Dice Borges no haber paraísos sino los perdidos. Tampoco deseos, más acá de lo legendario. Toda pasión es necrófila, como los griegos sabían: sólo es verdad la memoria. No es esta noche, fría y húmeda, poblada de automóviles ruidosos y borrachos estúpidos, la que, de pronto, abofetea el alma y la estemece. 
Sí la resonancia, …